Mostrando entradas con la etiqueta Literatura puertorriqueña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura puertorriqueña. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de septiembre de 2008

Jan Martínez


PROSAS PERVERSAS[1],

Tanto en su libro Minuto de silencio (1977), como en Archivo de cuentas (1987)  y en  Jardín (1997), el poeta Jan Martínez se constituye como una de las principales voces de la poesía puertorriqueña del último cuarto del siglo veinte. Su poesía se destaca por el preciosismo parnasiano, el surrealismo y el diálogo con los novísimos españoles, Jaime Gil de Biedma y el grupo de “Cántico”; así como con el creacionismo de Vicente Huidobro y la lírica de Juan Gelman. La influencia de la poesía árabe, la poesía del Siglo de Oro, la prosa de Canales y Palés y la narrativa barroca del Caribe constituyen fuentes de inspiración para el poeta. Encontramos tangencias con Poetas como  Lautreamont y  Rayner María Rilke. Llama la atención los puntos de contacto de su poesía con escritores dominicanos como Franklin Mieses Burgos, León David y Alexis Gómez.

            Cuando se lee la poesía de Jan Martínez, se recorre toda la historia de la verdadera y gran poesía de nuestra cultura y se puede apreciar la riqueza del decir literario puertorriqueño en el cual  este autor no está solo. La revolución literaria de los setenta, con Iván Silén y José Luis Vega, marca en la literatura del Caribe un retorno a la tradición creada por la vanguardia latinoamericana. Pero, si estas afirmaciones pudieran resultar exageradas, sólo me queja remitir a los sorprendidos a una lectura desapasionada del poeta…mientras tanto, soy un presentador que no se ve en aprietos... hablo del goce de la lectura y del placer que me da hablar de los hallazgos que encuentro en esta obra…También soy un sapo que versa…reversa, vierte los versos en prosa y la prosa en verso…No sé si el silencio o la palabra me harán más feliz.

Estamos frente a un libro de escritura barroca y caribeña. Escritura que toma la experiencia de Darío, el aliento parnasiano, el color anaranjado de la tarde, el adjetivo preciso y necesario, la sonoridad de la palabra, el giro poético, la ironía, la invención, la sorpresa…Todo ello conjugado en una expresión que va de la poesía a la narrativa, del mundo bucólico y de égloga, al mundo citadino; de la filosofía de la vida a la forma inevitable de la muerte. El autor no sólo nos hace disfrutar de una poesía en prosa que se parangona con la mejor de nuestro continente, sino que nos pone frente al devenir humano, la vida y la muerte, la sociedad y las distintas maneras que la vida cotidiana van cambiando la existencia humana.

            Se equivoca quien piense que en este libro encontrará la inspiración romántica y solipsista de un poeta desadaptado del mundo. No representa este libro el discurrir de un yo poético de torre de marfil, es mucho más: contiene una meditación simbólica (con todo lo que pueda tener de contradictorio el símbolo y la racionalidad) en la que el mundo natural es disfrutado, pero también pensado.

            En “El cincelador de horarios”, la vida cotidiana que hace del ser humano un enano repetidor de rutinas en la que el tiempo se convierte en mercancía que se contabiliza en la teneduría de libros de aquellos que el autor ha llamado “los señores de los salarios”. Señores que venden la monotonía y la soledad. En esas horas de faena, el amor se constituye como un vengador. Está pieza sola, en la que se encuentran los ecos de Luis Palés Matos, dándole

 continuidad al decir puertorriqueño, el tiempo es el destino, o la tragedia, como diría Borges, al que está llamado el hombre social; mientras que el trabajo es la venganza social lanzada a los amantes.  Así presenta al cincelador:

“…Será por siempre amado por los señores que domestican los salarios y distribuyen el hastío en las boticas y las calles repletas de eficientes sonámbulos. Todos saben que su trabajo es imprescindible, sin el cincelador de horarios serían rizadas y luminosas las horas, podrían

 holgar los líridas y en el aire sería en triunfo de la paloma y el bardo ruiseñor. El cincelador se precia de ser el artífice de los irisados sones del gong que anuncian las horas con indiscriminado acento”( pág. 15)

            Pero no se queda ahí el poeta, en “El dueño de la vida” se pregunta dónde se ha ido la vida ¿acaso a la casa de los funcionarios? La narración discurre mediante interrogaciones en las que el poeta le hace pregunta a la vida como buscando una definición del mundo actual, de los sujetos contemporáneos que han perdido la vida. La reclama: “que quiero saber de su vida, la vida, que le escribo y no recibo respuesta, que la llamo y me quedo con el eco en la mano como un pájaro sin bemoles. Que vuelva el que ocultó la vida y, si no quiere devolverla, al menos, le lleve recuerdos y manzanas de éstos sus desdichados suscribientes” (pág. 17)



[1] Jan Martínes. Prosas (per) versas. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2000.  

Tomás López Ramírez

JUEGO DE LAS REVELACIONES 

Tomás López Ramírez, con una prosa límpida y llena de hallazgos estilísticos, es la principal figura de la cuentística puertorriqueña de la década del setenta. Además de sus obras cuentísticas, López Ramírez ha publicado dos novelas Juego de las revelaciones (1976) y Paraje de tránsito (1999)[1]. En ambas obras ha demostrado su dominio de la lengua y del arte de narrar. Su prosa, poética en felices momentos, no deja de buscar lo puertorriqueño a través de la realidad, el sentido  histórico y la historicidad de la materia narrada.

            López Ramírez es un novelista sintético: esta primera novela se puede enmarcar dentro de los nouvelle o nívolas, si nos limitamos a la extensión del corpus narrativo. En Juego de las revelaciones la fijación de historias se revela frente a los personajes y al lector. Son historias maravillosas, unas veces; otras, sórdidas, y finalmente, narraciones que ponen en función los escenarios y los personajes que hacen la historia en Puerto Rico.

            En Juego de las revelaciones funciona como un mosaico caracterizado por el gentío, las voces superpuestas y las historias fragmentadas con las que el autor busca la memoria y fija una historia reciente. El sentido de gentío sirve como metáfora de una nación dividida, fragmentada como la obra misma. De ahí que el texto pueda ser leído como historicidad: Puerto Rico y sus personajes, como actores del gran drama nacional. Al inicio el gentío aparece en una guagua de pasajeros (pisicorre). Las distintas voces manifiestan el caos y la imposibilidad de orden. El auto se dirige a San Juan donde “parece que está por repetirse lo del cincuenta, hace ya tres años”. (9)

            En boca del chofer, “gordo con sombrero de panamá”, se marca la historia, se establece una huella del pasado donde el presente lo plagia: el presente podría repetirse. Ese sentido de lo histórico aparece varias veces en el texto. Se cuenta la Historia y se cuentan historias. Ficción y verdad juegan sus propias revelaciones, para que podamos apreciar, entender, la ideología.

            El apresamiento de Pedro Albizu Campos es un acontecimiento histórico. El viejo Eusebio funciona como personaje que le da valor al presente, un valor de permanencia en la memoria: “Usted ha sido testigo de la historia, –dijo– de una historia que termina aquí” (20) El discurso narrativo no solamente valora y designa lo que es histórico sino que establece el fin de un relato histórico. Y llega más lejos. Ceferino ha sido testigo, tiene el poder del cronista: certificaría que la historia es real porque la han vivido. Los acontecimientos han sido parte de su presente, y algo más significativo, es que Ceferino está condenado a vivir otra historia, la que vendrá y la que no querrá testificar. De ahí que Eusebio le pasa a Ceferino la posibilidad de vivir otra historia, una historia empírica que pertenece a los sujetos.          


[1]López Ramírez, Tomás. Juegos de las Revelaciones. México: Extemporáneos, 1976. [Primera edición puertorriqueña: Editorial Cultura, 2003]. Paraje de tránsito. Río Piedras: Plaza Mayor, 1999. Véase Áurea María  Sotomayor, op. cit.

 


César Andreu Iglesias


Los derrotados

Para nosotros, el concepto de historicidad es significativo en la medida en que nos ayuda a realizar un deslinde necesario al explicar la representación histórica que se inscribe en las obras de ficción[1]. Y lo es, además, porque la historicidad nos da un horizonte de posibilidades en los que el hecho histórico se manifiesta. La historicidad, no sería nada más la condición de lo histórico, ni la existencia de un ente en el tiempo. Ni siquiera la concreción humana como una figura religiosa. La historicidad la pensamos como relación del sujeto con su propio tiempo, como coyuntura del presente.[2] La historicidad se encuentra ahí donde el historiador es ciego. Donde la luz de los eventos deja significados que sólo son recuperables por los relatos de ficción y que resultan poco significativos para el historiador. Si la historia estudia los hechos singulares, la historicidad viene a ser la singularidad del tiempo, del momento, de la cotidianidad. Es algo poco recuperable desde las huellas y más desde la creación, desde la crónica, como relato del todo que incluye a los sujetos, como el tiempo vivido y la conciencia de pertenecer dentro del tiempo vivido a un tiempo de la comunidad, es decir a un tiempo compartido, que conforma una historia colectiva o un imaginario.

En Los derrotados de Andreu Iglesias es fundamental situar la relación entre historia e historicidad. En la medida en que el autor realiza una refiguración de su tiempo vivido. La lucha de los nacionalitas no es para Andreu Iglesias la Historia, sino un momento significativo de su tiempo vivido. En tanto que ha sido un testigo de los hechos, él es cronista de su tiempo. Su refiguración del tiempo vivido no es un relato del pasado sino de su presente. Un relato que luego se ha emparentado  o entrecruzado con el relato de los historiadores. Es decir, el tiempo vivido se ha unido al tiempo cósmico como tiempo histórico. Tanto el tiempo vivido como el tiempo histórico están caracterizados por el significado que los sujetos o la comunidad le da al tiempo y a sus eventos más sobresalientes.

            Lo que nos interesa revelar a partir de un análisis que rompa el tiempo vivido por el autor y narrado como una triple mímesis[3], es la cotidianidad de su tiempo, ese estar allí que lo hace un testigo privilegiado. En la obra Los derrotados, se aprecia el tiempo vivido, porque el autor pone, a través de la intriga ficcional, a una serie de actores en el mundo. Y ese estar ahí, en su cotidiana espesura es más rico en significación que el hecho aislado, archivado o reelaborado desde las tesis históricas.  ¿Por qué? Porque el novelista ha puesto en su intriga aquellos acontecimientos que nos ayudan a ver otra historia. La historia posible[4]. Es decir, le devuelve al hecho su materia prima original. Su propia historicidad. Es decir, su condición de histórico. O su extensión en el tiempo. Mientras la historia de los eventos elimina las pequeñas huellas, la narrativa ficcionalizada nos devuelve a través de la ficcionalización al teatro de los hechos. A partir de esa nueva puesta en escena, los eventos aparecen frente a su propia espesura. Sólo la crónica puede darnos esa espesura, esa intrahistoria.



[1] Ricœur resume la noción de representación en la palabra « répresentance », como expresión que condensa todas las esperas, las exigencias y aporías ligadas a la « intention ou intentionalité historianne ». También ella designa la espera atada al conocimiento histórico de las construcciones que constituyen o fundan las reconstrucciones del curso de los eventos pasados».  Paul Ricœur, La memoire..., pág. 359.

[2] Ricœur señala que “el acto intrasubjetivo de la experiencia temporal al que remiten todas nuestras historias no pueden tratarse como objetos [...] Nosotros somos parte de ese ámbito [la historicidad intersubjetiva] en la medida en que contamos y seguimos las historias que narran los historiadores o los novelistas [...] pertenecemos al ámbito de lo histórico antes de contar historias o de escribir la Historia. La historicidad propia del acto de contar y de escribir forma parte de la realidad de la historia”. Paul Ricœur. Historia y narratividad. Barcelona: Paidós, 1999.

[3]Ricœur  ha postulado que existe, de un proceso mimético que se mueve en una triple relación que él denomina prefiguración, configuración y refiguración.  La primera es  lo que precede a la operación de configuración de la narración, que es seguida por la refiguración de la práctica de la escritura. Estas tres operaciones subrayan los lazos del relato y la acción con el tiempo. Véase Ricœur Temps et récit, op. cit. y Mongin, Olivier. Paul Ricœur. París: Éditions du Seuil, 1998, pág., 139.

[4]Sobre este aspecto dice Canetti: “La Historia lo presenta todo como si no hubiera podido ocurrir de otra manera. Pero hubiera podido ocurrir de mil maneras distintas. La Historia se coloca  en el bando de lo ocurrido y, por medio de un contexto fuertemente tomado, lo destaca de lo no ocurrido. De entre todas las posibilidades, se apoya en una sola, la que ha sobrevivido. De ahí que la Historia dé siempre la impresión de estar a favor de lo más fuerte, es decir, lo que realmente ha sucedido: no hubiera podido quedar en el reino de lo no ocurrido, tuvo que ocurrir”. Elias Canetti. La provincia del hombre,. Madrid: Taurus, 1982, pág. 148. Citado por Manuel Cruz en Filosofía de la historia. Barcelona: Paidós, 1991, págs. 174-175.

(Véase, Miguel Ángel Fornerín: Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana. Santo Domingo: Ferilibro, 2004).


lunes, 22 de septiembre de 2008

Olga Nolla

Olga Nolla reconstruye la historia de Puerto Rico


La literatura puertorriqueña está llamada de manera inevitable a rescribir la historia y la identidad de la isla. Connotados narradores, críticos culturales e intelectuales en Puerto Rico han llamado la atención sobre este fenómeno que ya se ha convertido en una tradición de las letras insulares. En esta misma vertiente nos llega Rosas de papel' (Alfaguara, 2002), la última novela de la finada autora Olga Nolla.

En esta obra, la autora pasea a sus personajes por el espacio de más de cincuenta años de vida puertorriqueña. En ella aparecen
los grandes acontecimientos que han unido y dividido a los puertorriqueños, y de alguna manera se rescriben en los textos de su generación: La llegada de los estadounidenses en 1898, que ya había sido novelada por José Luis González en La llegada y por Luis Hernández Aquino en La muerte anduvo por el Guasio; también aborda la lucha contra las empresas cañeras absentistas y la denuncia de la cañaverización de Puerto Rico en las primeras cuatro décadas del siglo XX, denuncias que ocupan un amplio espacio en 'Insularismo de Antonio S. Pedreira; el ascenso de Pedro Albizu Campos, la Masacre de Ponce de 1937, la muerte del coronel Riggs, el asesinato de Beauchamps y Rosado, la encarcelación de los nacionalistas en Atlanta, hasta culminar con la figura de Luis Muñoz Marín y la fundación del Estado Libre Asociado.

Pero, lo que hace más notable el corpus narrativo de esta obra, es la perspectiva desde arriba que logra la autora, al construir personajes que, salidos de la vieja clase rancia española, tienen que adaptarse al nuevo estado de cosas impuesto por la ocupación militar de la Isla.La obra reconstruye la historia política y familiar, estableciendo dos líneas que muchas veces se entrecruzan entre el mundo privado y el mundo político. Es el mundo señorial, que ha ven
ido a menos y que las lecturas de la historia del nacionalismo nos han reiterado. Es el ámbito de los señores que tienen que interactuar con los colonizadores estadounidenses. El mundo de las azucareras Central Atenas de Mayagüez y el cosmos de la Central Guánica.

Por otra parte, las ambiciones políticas de la colonia vistas desde la perspectiva de sus colonizadores, los juegos e intereses de los Roosevelt, y la instauración de una dinastía familiar estadounidense en los asuntos coloniales de Puerto Rico, se manejan como acto caritativo con el orden posbélico del Nuevo Trato (New Deal) y del Plan Chardón, y el inicio de la modernidad política y económica que el diálogo mestizo de Muñoz Marín permite, iniciando así el proceso para la construcción de un Puerto Rico mode
rno, contradictorio, pero fascinante desde el punto de vista de un relato de identidades múltiples.

Rescribe Nolla la hibridez puertorriqueña-estadounidense, que ya se asume en el drama Vejigantes de Arriví, y que en este caso aparece como alegoría de la imposibilidad de fusión entre los elementos estadounidenses y puertorriqueños. Si bien en un principio los protagonistas, que envían a su hijo a la Universidad de Yale para insertarse en el mundo de la colonia como comerciante y político, retoman la cultura estadounidense, aprenden inglés y disfrutan de las fiestas y la música americana, más tarde el día de Thanksgiving se transformado en el 'Día del Pavo', en el que los condimentos puertorriqueñizan los alimentos de la celebración.


(Véase, Miguel Ángel Fornerín: Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana. Santo Domingo: Ferilibro, 2004).

Rosario Ferré

Poesía y culturalismo

La lectura de los poemas de Rosario Ferré muestra una interesante representación del mundo cultural. Sus textos son profundamente culturalistas. En ella se hace presente una poética signada por el prosaísmo y la anti-poesía. A pesar de ser una escritora más cercana a los miembros de Guajana, que expuso una estética comprometida, Ferré se inscribe dentro de la escritura de los setenta. Si bien su escritura no es una repuesta a la estética comprometida, se aleja de ella, colocándose en la estética cultural de las décadas de los sesenta y setenta[1]. A pesar de esto, en muchos de sus versos se nota el diálogo, la intervención de enunciados, simbolizaciones que son propias de la cultura popular en la que se funda el movimiento cultural de los sesenta. Ferré participa de una escritura que entronca sus simbolizaciones en el mundo griego. Frente a la división cultural entre occidentalistas y puertorriqueñistas, Rosario se inscribe en la segunda. Y esta participación cultural no deja de tener una apuesta política. Tal vez su obra va por un lado y sus actividades política van por otro, pero cada una obedecen a una estrategia política del sujeto escritor en su posicionamiento en la sociedad.

En los primeros poemas de Ferré aparecidos en Papeles de Pandora (1976), la autora inicia una critica al paternalismo, al patriarcado y hasta al mismo sentido de patria como espacio del padre. El sujeto femenino se construye desde la palabra y la historia. En Pandora, es la historia mítica, Eva María (149). Y cuando no es la mujer del mito, es la mujer concreta, la Rosario que enuncia y se describe: [¿]“he tratado de ser como quieres. Buena, sorda, muda, ciega; / tomando Viña 25 el día de las madres/ con mi corsage puesto y mis dormilonas de diamantes? Pero no he podido./ Los antepasados no me dejan.”(149)

Ese sentido de hija de la ira, de señorita muñeca, va a ser trabajado en diferentes textos por Rosario Ferré. En el mismo poema ha escrito: “Que haga saltar los rainstones de mi corona de marabú / y me desprenda del rostro la cara niña,/ muñeca biscuit del siglo XIX que no debe pensar,/ con un hueco en la cabeza para las flores”(157). Las mujeres simbolizados también pueden pertenecer a la clase rica. Expresa la voz poética su rebeldía frente al poder patriarcal: “las vitrinas de mujeres muertas/ jugando al tenis, bailando, viajando/ dentro de las vitrinas,/ vestidas con los encajes que supuraron/ por las puntas de los dedos/ los nines de Persia”(“El infiltrado”, 158).

En Fábulas de la garza desangrada (1982), uno de los libros de poemas más sólidos de la autora, y un texto sobresaliente entre los publicados por las poetas de los setenta, la relación del escribir y el vivir se encuentra más consolidada.[2] El poema “Envío” tiene una dedicatoria que se inicia con la figura de la madre y de las mujeres que la rodean. El padre está ausente. La aura se inscribe en el texto con el antiverso “A Rosario, y a la sombra de Rosario” (87), y se construye como mujer del hogar, casi homologable con una mujer de pobre. Mientras se solidariza con la mujer infortunada a través de una falsa representación y se define como sujeto mujer que se niega al silencio, proclama su conciencia y se declara a favor del gozo y la alegría.

Podemos postular que en la poesía de Rosario Ferré, dominada por una concepción particular de la cultura, lo que se llamaría alta cultura, también existe un diálogo con la cultura popular, como una especie de intervenciones de sentidos de diferentes contextos. Lo que nos importará en este trabajo es establecer la relación que esas huellas marcan con lo político y la construcción de una autora en la sociedad puertorriqueña.


[1] Dice Barradas que “alentados por las visitas que durante esos años de escritores que se asociaron directa e indirectamente con al “Boom”de la narrativa hispanoamericana”, los escritores de la Revista que dirigía Rosario Ferré ( Zona de Carga y Descarga) “comienzan a publicar piezas que delatan un deseo de romper el marco estético predominante”, Barradas, op. cit. pág. 423.

[2] La importancia de esta obra en la poesía de Rosario ha sido situada por José Miguel Oviedo en “Fábula de la garza desangrada de Rosario Ferré”, en La Gaceta, mayo de 1984, no. 161, págs. 18-20. Por su parte, Áurea María Sotomayor en Hilo de Aracne: literatura puertorriqueña hoy. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995, dice que esta obra marca una diferencia con los poemas aparecidos en Papeles de Pandora, los que se caracterizaban por la referencialidad y el lenguaje soez. Mientras que, los de Fábulas poseen “tangencias entre el discurso feminista y el revisionismo de la fábula mitológica femenina”. Sotomayor, pág. 146-147.

(Véase, Miguel Ángel Fornerín: Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana. Santo Domingo: Ferilibro, 2004).

López Adorno, Pedro

EL AÑO TERRIBLE: ASPIRACIÓN CIUDADANA EN LA RELIGIÓN DE LOS ADÚLTEROS DE PEDRO LÓPEZ ADORNO


Pedro López Adorno, poeta y profesor universitario, dio a la estampa en 1996 esta obra en lo que la historicidad se afirman a través del telón de fondo en el que se reflejan los personajes novelados. El año terrible del 87, fue, políticamente, el punto más alto en la historia puertorriqueña en el que se debatieron las identidades criollas y la filiación peninsular. La desesperación del imperio español que se daba sus últimos aletazos de en las Antillas.

La obra de López Adorno sigue la escritura del canon y lo que ha sido la tradición literaria puertorriqueña: explican a Puerto Rico. Pero esta explicación a parece como letra de fondo y a veces como aspiración del protagonista de constituir socialmente al ciudadano. Una historia de amor marcada por una relación triangular surge en una tertulia literaria. La historia sentimental se cuenta mientras que la historia del año terrible aparece referida.

López Adorno construye dos sujetos enfrentados a sus propios sentimientos y a las ideas vinculadas por la relación matrimonial, mientras la mujer busca realizarse en la vida sentimental el protagonista, un periodista, retrata su aspiración a una nueva situación política que en un principio se manifiesta como una aprobación de las ideas del liberalismo antillano y la construcción republicana. El autor caracteriza el ambiente de la época a través de la música: las danzas de Morel Campos y Tavárez; las actividades literarias; como las fuerzas morales y constantes referencias a la cocina puertorriqueña. Pero lo que más caracteriza el ambiente de la época es la referencialidad al discurso y las acciones políticas.

(Véase: Fornerín, Miguel Ángel: Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana. Santo Domingo: Ferilibro, 2004).